martes, 24 de junio de 2008

era otra tormenta

Ayer calló una tormenta salvaje. Entrada la noche estaba tumbado, esperando a que a mi cabeza le diera por dormirse. De pronto la habitación se iluminó y volvió rápidamente a las tinieblas. Luego, desbordando las calles, llegó el ruido y temblaron los cristales. Sucedió una vez más y otra. Entonces, golpeado por un fogonazo más, lo vi, encerrado en mi mente, como un recuerdo conservado al vacío. 


Era otra noche y era otra tormenta. El ruido se hizo más intenso. La lluvia se estrellaba contra el poncho de plástico y dentro todo era humedad. Caminaba con las botas empapadas por una playa desierta que se aparecía unos segundos con las luces de la tormenta y volvía a desaparecer. Otras tres siluetas formaban aquel penoso grupo. No usábamos linternas. A cada paso los seres de la arena iluminaban unos instantes nuestras huellas en la oscuridad. Y sólo había lluvia. La oíamos contra nuestros ponchos. La oíamos contra la arena y contra las palmeras y el manglar. Y oíamos el mar. El Pacífico queríendose comer la playa a bocados. Las olas aquí mismo mojándonos los pies, chocando contra los innumerables troncos que salpicaban la playa y que nosotros sólo podíamos ver durante fracciones de segundo. Y, con cada descarga de luz, la inmensidad salvaje, agazapada, invadiéndolo todo. De repente el temor del instinto desapareció. Me emborrachó una consciencia absoluta. Podía sentir cada gota, cada hoja temblando en la noche, los infinitos seres microscópicos iluminándose bajo nuestros pies, los peces entre la espuma del océano y las tortugas mirándonos pasar, esperando para tomar la playa. Fui engullido en una comunión, en una fusión temporal, por aquella inmensidad que lo era todo. Recuerdo esa sensación recorriendo mi cuerpo, bajo el poncho. Y con el siguiente relámpago debió quedar grabada en mi memoria.